#28 - Alce la mano

Imants Tillers

El que aún no ha sido niño. Alce la mano.
Que. Mano. Enseguida. El que aún no ha sido. Esto
es una mano. Una vez fue niña. Será madre.

Que alce la mano. Dar un golpe. Estar de acuerdo.
Levantar la mano. El que aún no ha sido. Padre de sí mismo.
La madre de su padre. Ese es un delincuente. Fue.
Peter Macsovszky 
(Traducción: Petra Pappová)

El lugar del daño

Alguien entra por la ventana violentamente, pistola en mano. Yo, en lugar de levantarme sobresaltado y defenderme, me quedo tumbado apaciblemente con una sonrisa en los labios. Me incorporo poco a poco y me apoyo con el codo izquierdo sobre el colchón, mientras observo cómo el ladrón va abriendo todos los cajones con gran agitación, buscando objetos de valor. «No hay nada», le explico en un tono pausado, pues deseo sinceramente que vea el error que supone haber venido hasta aquí, «es este un cuarto demasiado pequeño, debería irrumpir usted en lugares más grandes». Me mira como si mirara a otra persona, y en sus ojos grises descubro una mezcla de altanería y de resentimiento.

Va arrojando al suelo aquello que considera inútil, prescindible: fotografías de barcos de papel y de tardes de otoño junto al río, un pequeño búho de metal oscuro con los ojos de cristal, una flauta de jade color aguamarina y una inmensa cantidad de libros. De entre todas las cosas que vuelan por la habitación, un destello naranja capta mi atención: Música para camaleones se ha estrellado contra la pared y se ha abierto por la página cincuenta y ocho. ¡En menudo desorden acaba de sumirnos este individuo furioso, a él mismo y a mí! Mi boca deja de ser mi boca. O quizá lo sea más que nunca.

«¿Sabe usted? Pensaba dejarle hurgar en mis pertenencias. Pensaba dejarle entrar y salir cuantas veces quisiera, aunque este sea mi cuarto, mi guarida, mi Quinta Avenida. Total, lo que es mío puede llegar a ser suyo y lo que es suyo puede llegar a ser mío. Sí, incluso le habría permitido dispararme con esa Magnum del 44 que lleva, temblona, colgando de la mano. Todo eso podría haber hecho usted entre estas cuatro paredes, con libre albedrío, si ese libro se hubiera abierto por cualquier otra página que no fuera la número cincuenta y ocho.»

Se sellan mis labios, y entendiendo la afrenta a la que le someto, el extraño arroja el arma al suelo. Su cuerpo es una cascada de folios brillantes precipitándose contra el parqué de madera avellanada. Voy a seguir escribiendo, aun con el ladrón escondido entre mis versos.