(Entrada eliminada: La Divina Colmena)
Hay una luz tibia: un foco pequeño de tungsteno. Nos reina una quietud extraña, la celeridad de los primeros cinco minutos se ha convertido en calma compartida. Esperamos.
Me enciendo un cigarrillo y espero. Tiene los hábitos de alguien muy curtido: si el público aguarda, el público ansía. Nos deja tiempo para el limbo. En mi limbo yo me recuerdo con su edad: escribí canciones sobre libélulas, poemas sobre nosotros, monólogos sobre reinas. Jamás me esperó nadie como yo la espero ahora que se me acaba el Lucky.
De repente sale. El foco la alumbra y reduce el paso. Hay algo en la juventud de los demás que siempre nos habita. Saluda, se presenta, hace un par de bromas, da un sorbo a su copa. Empieza.
Las primeras canciones no me impresionan. Los demás parecen exultantes. Doy una calada larga, luego un trago, carraspeo y sigo esperando. Un par de canciones más, alguna anécdota: nada relevante. Los demás, de nuevo, aplauden enfervorizados. Se aplauden por haber venido, pienso. Ella no está cantando demasiado bien, pero sonríe y da las gracias.
Aquí, en el Largo, antes solían venir artistas de renombre. Yo venía, por entonces no fumaba, pero empezaba a probar los alcoholes de la carta. Cada sábado probaba uno diferente, hasta que un día me quedé sin opciones nuevas. Entonces empecé a fumar. Quince años después sigo fumando, y sigo viniendo al Largo a ver si hay algo nuevo. Pero nada como aquellos primeros meses.
La chica se suelta el pelo. Dice que entramos en el final. Yo sonrío porque no me quedaré para el bis, cuando acabe con la cajetilla me voy. Le pide al pianista una canción, pero él la mira un poco nervioso. Ella se acerca y le dice algo en voz baja. Insiste y el pianista asiente. Se me cae la ceniza en la copa, carraspeo y me rasco el pantalón.
Yo solía cantar esto cuando vivía en Cádiz.
(Entrada a eliminar: como si de una sombra chinesca se tratase)